Muhammad Ali fue tres veces campeón mundial de los pesados, protagonizó algunas de las peleas más recordadas de la historia y convirtió el boxeo en un espectáculo global. Y, sin embargo, cuando se habla de él, la conversación casi siempre termina lejos del ring.
Esta charla propone recorrer esa otra pelea: la que dio con palabras, decisiones y convicciones, en un tiempo en el que hacerlo tenía un precio altísimo.
De Cassius Clay a Muhammad Ali
Nacido en Louisville en 1942 como Cassius Clay, ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 y en 1964 conquistó el título mundial ante Sonny Liston. Poco después anunció su conversión al islam y adoptó el nombre de Muhammad Ali, una decisión que buena parte de la prensa de su país se negó a respetar durante años.
El precio de decir no
En abril de 1967, Ali se negó a incorporarse al ejército de los Estados Unidos en plena guerra de Vietnam, invocando sus creencias religiosas. La respuesta fue inmediata: le quitaron el título, le retiraron las licencias para boxear y fue condenado. Tenía 25 años y estaba en la cima de su carrera.
“No tengo ningún problema con el Vietcong”, había dicho un año antes. La frase lo acompañó para siempre.
Pasó más de tres años sin poder pelear. En 1971, la Corte Suprema anuló su condena por unanimidad. Para entonces, Ali ya se había convertido en una voz central del debate sobre los derechos civiles y la guerra.
El regreso y la leyenda
Volvió al ring en 1970 y protagonizó una trilogía inolvidable con Joe Frazier. En 1974, en Kinshasa, recuperó el título ante George Foreman en la pelea conocida como “Rumble in the Jungle”, con una estrategia que todavía se estudia: resistir contra las cuerdas hasta que el rival se agotara.
Más grande que el boxeo
En los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, ya afectado por el Parkinson, encendió el pebetero ante una audiencia mundial conmovida. Fue la imagen de un hombre que había pasado de ser odiado a ser venerado sin cambiar sus convicciones.
Ali murió en 2016. Su legado deportivo es enorme, pero su verdadera huella está en otra parte: en la idea de que un deportista también puede ser una conciencia pública. Esa fue, quizás, su pelea más importante.