Antes de Vilas, el tenis en la Argentina era un deporte de clubes, de pocos y para pocos. Después de Vilas, fue una pasión popular. Pocas veces un solo deportista cambió tanto el mapa de una disciplina en su propio país, y pocas veces lo hizo con una personalidad tan lejos del molde.
Nacido en Buenos Aires y criado en Mar del Plata, Guillermo Vilas construyó su juego a fuerza de horas. Zurdo, de físico privilegiado y una resistencia que parecía no tener fondo, entendió antes que nadie que el tenis moderno iba a exigir atletas completos.
1977, la temporada imposible
Si hubiera que elegir un año para explicar a Vilas, sería 1977. Ganó Roland Garros y el US Open, sumó 16 títulos en la temporada, encadenó 46 partidos ganados de manera consecutiva y cerró el año con 137 victorias. Son números que, casi medio siglo después, siguen apareciendo en cualquier conversación sobre las mejores temporadas de la historia.
Más tarde llegarían dos títulos del Abierto de Australia (1978 y 1979), para completar cuatro Grand Slam en su carrera. Pero el impacto de Vilas no se mide sólo en trofeos.
Vilas no sólo ganaba: convertía cada partido en una cuestión de voluntad.
El número uno que la computadora no vio
La gran controversia de su carrera tiene que ver con el ranking. En aquellos años, el sistema de la ATP promediaba resultados de una manera que dejó a Vilas sin el número uno pese a su temporada descomunal. Décadas más tarde, una investigación periodística argentina reconstruyó los datos y sostuvo que el marplatense debió haber ocupado la cima durante varias semanas a mediados de los setenta.
El reclamo se convirtió en una causa que trascendió el tenis: la discusión sobre cómo se cuentan las historias deportivas y quién tiene la autoridad para hacerlo.
Un artista con raqueta
Vilas también fue un personaje fuera de la cancha. Escribió poesía, publicó libros, se interesó por la música y nunca ocultó una sensibilidad que no encajaba con el estereotipo del deportista de élite. Para muchos, esa combinación de rigor físico e inquietud artística fue su verdadera rebeldía.
La herencia
Detrás de él llegó una generación entera de tenistas argentinos que creció mirándolo por televisión. Las canchas de polvo de ladrillo se llenaron de chicos con vincha. Esa es, quizás, su marca más profunda: haber convertido un deporte lejano en una posibilidad cercana.
Vilas adelantó el futuro del tenis. Y, de paso, le enseñó a un país entero que se podía soñar con la élite mundial desde una cancha de barrio.